NO VUELVAS A DECIR QUE ES IMPOSIBLE

La lluvia es una cosa que sucede sin duda en el pasado, escribió con su acostumbrada exactitud poética Jorge Luis Borges. Claro que conviene salir a la calle con paraguas cuando el presente se nubla y truenan los cielos. Pero Borges se refiere a otra verdad, la manera que tiene la lluvia de fijar el paisaje de nuestros recuerdos, su golpe minucioso en las ventanas de la memoria, su humedad en los viejos otoños que conforman el amarillo de las fotografías y de la palabra ayer.
Ocurre lo mismo con el fútbol. Es un deporte que depende del último minuto, de los resultados, de la clasificación actual, del instante preciso a la hora de disparar a gol. Pero sucede sin duda en el pasado. Los recuerdos infantiles, la ilusión de un abuelo, los fines de semana de la adolescencia solitaria, las alegrías y las decepciones del recuerdo, el penalti que no entró, el gol absurdo que el portero coló en su propia meta, viajes y mitos ya retirados de los campos de juego, son los hilos que tejen la pasión de los aficionados. En el sentimiento futbolístico, los diarios que se publicaron en los años cuarenta, setenta o noventa, dan todavía noticias de emocionante actualidad. Cada uno interpreta sus propios recuerdos, manipula los pliegues de la memoria, elabora la ficción poco objetiva de su épica particular. Es cierto, claro que sí. Pero también es verdad que sin esa ficción importarían muy poco las emociones de la jugada que acaba de producirse y que nos repite de forma insistente y objetiva la pantalla del televisor.
El fútbol está compuesto por dos equipos, dos aficiones, un árbitro y una materia flexible de miedos, esperanzas, indignaciones, alegrías y recuerdos. Y esa materia lo convierte en un espectáculo íntimo de repercusión pública, en una pasión privada de instinto callejero, la soledad de un estadio en el que se desborda la multitud tumultuosa.
Fernando Valverde ha escrito un libro apasionado. Los recuerdos justifican las afirmaciones excesivas, las condenas y los amores exagerados. Los dos poemas que incluye dan fe de la profundidad sentimental que soporta cada una de sus palabras cuando evocan un éxito o una catástrofe. La camiseta del Granada Club de Fútbol está pegada como una segunda piel a la historia de su vida. La hierba del viejo y del nuevo estadio de Los Cármenes es un escenario sobre el que han jugado también, además de los equipos visitantes, los años, el amor, la amistad, la enfermedad, la muerte y la literatura. Escribe de fútbol desde dentro del fútbol, como si estuviese disputando una final y necesitase animar al equipo y presionar al árbitro. En cada página de este libro, el balón está en juego, hay tiempo para remontar y para gritarle al contrario ya correrás cuando se empeña en paralizar el juego y en perder tiempo.
Por eso resulta obligado perdonarle el tono rotundo de su mirada. Identificar a la ciudad en la que García Lorca fue asesinado con la ciudad que estuvo a punto de permitir la desaparición del Granada, comparar a los aficionados que resistieron con los últimos soldados de Filipinas o denunciar todavía con ardor guerrero las debilidades de los que apostaron por un proyecto deportivo distinto, que implicaba la desaparición de un club fundado el 14 de abril de 1931, supone sin duda un exceso propio de la pasión. El mismo exceso con el que yo he santificado muchas veces la importancia del 14 de abril en mi educación sentimental, igualando la proclamación de la II República con la fundación mítica del Granada.
El maestro Eduardo Galeano suele afirmar que el fútbol es lo más importante entre las cosas que no tienen importancia. Así es. La justicia social, las catástrofes naturales o cívicas, las esperanzas sobre el porvenir del planeta, las desgracias individuales y el amor, merecen una jerarquía diferenciada. Pero un aficionado al fútbol sabe que la pasión no se desata sólo entre las palabras escritas con mayúscula. Sabe que las cosas humildes también se llenan de verdad humana. Mi experiencia me ha enseñado a desconfiar de todo aquel que en nombre de los valores abstractos es incapaz de emocionarse con la poderosísima insignificancia de un buen vino o de un gol oportuno. Quien no es capaz de sentirse campeón del mundo, tampoco va a permitirse nunca un gesto de compasión, una solidaridad sincera con la persona que tiene sentada al lado, por ejemplo, en un estadio de fútbol.
Un hombre misterioso se acercó una vez al niño que era Fernando Valverde. Su abuelo se había cansado de un partido paralítico, que parecía sentenciado, y decidió salir del campo unos minutos antes del tiempo reglamentario para evitar el jaleo del pitido final. Entonces aquel hombre se dirigió al niño, arrastrado por la mano del abuelo, y le dijo: no te vayas, que el Granada va a colar dos goles. Fernando se agarró a la valla para que nadie lo sacara del estadio, y los dos goles entraron en el descuento. Desde entonces el autor de este libro, terco en sus pasiones, ha crecido pensando que todo es posible, que no conviene renunciar a lo que se ama, porque la sabiduría se parece al arte de elegir bien todo aquello que debe ser esperado.
Yo lo comprendo. Mi memoria también se ha formado envuelta con imágenes de fútbol. El primer recuerdo claro que tengo del viejo estadio de los Cármenes es de 1966. Mi padre me llevó a ver un partido contra el Real Madrid. Y no era un Madrid cualquiera, porque el aire ye-yé y la sexta Copa de Europa habían llegado de la mano de Gento, Amancio, Velázquez, Grosso, Sanchís, Pirri y el portero Antonio Betancort. El campo estaba a rebosar, dominado por una ilusión colectiva muy agitada y vociferante, capaz de enfrentarse a toda una potencia internacional y al cielo gris de una mala tarde de octubre. El Granada tenía también un gran portero, Ñito, que acababa de llegar del Valencia. Pero Ñito se había ganado ya una merecida fama de loco. Era capaz de salir jugando el balón hasta el área contraria, mientras que Betancort ejemplificaba la sobriedad y la certeza. En la temporada anterior, había sido trofeo Zamora al portero menos goleado.
Con el marcador a cero, mediado el segundo tiempo, una buena jugada dejó a un interior del Granada, el inolvidable Almagro, solo delante de la puerta de Betancort y en posición de disparar. Con mis años y mi estatura, yo no pude ver el final. El campo entero se puso de pie con la urgencia emocionada del peligro, rodeándome de gabardinas, cuerpos gigantes y oscuridades. Encerrado en la ilusión y la impotencia, tuve que esperar al desenlace de los gritos. Una parte de mi forma de ser empezó a forjarse en aquellos instantes. Tengo paciencia, soy más partidario de escuchar que de hablar y me gusta distinguir el significado de los gritos, convencido de que no es lo mismo acabar en el ¡uy! que cantar un ¡gol! El destino juega bromas pesadas, pero una tarea decisiva de la lucha humana ante el destino consiste en aprovechar las ocasiones que pasan por delante de una meta. Almagro no falló su oportunidad en aquella ocasión y adelantó al Granada. Luego empató el Madrid, pero el niño salió contento porque el Granada de Ñito, Santos, Tinas, Barrachina y Vicente había parado al gigante blanco europeo.
Yo nací en la calle Lepanto, justo detrás del ayuntamiento. En un extremo de esa calle había un despacho de quinielas y en el otro estaban las oficinas del Granada Club de Fútbol. Hacia la mitad, solía aparcar el coche mi tío Pepe Mauri, casado con una hermana de mi madre, y jugador del Granada, como sus hijos Eduardo y José. Mauri padre jugaba en el equipo que alcanzó la final de la Copa del Generalísimo en 1959. Yo había nacido un año antes. Pero eso es lo de menos, porque esa hazaña hubiera sido también mía aunque yo naciese 21 años después, como Fernando Valverde. La lluvia y el fútbol son cosas que suceden sin duda en el pasado. Así que comprendo muy bien a Fernando cuando deja fluir su vida con una camiseta rojiblanca al fondo.
Los años, que son casi siempre una carga pesada, a veces otorgan alguna ventaja, por ejemplo, la de haber visto jugar a Castellanos, Falito, Maciel, Dueñas, Lorenzo, Quiles, Aguirre Suárez y Montero Castillo. He cantado también los goles de nuestro pichichi, don Enrique Porta, y le he llamado cabezón a Joseíto cada vez que se empeñaba en sentar al goleador en el banquillo. También he gritado «Plata, la luz», cuando al encargado de iluminar el estadio se le echaban encima las prematuras noches invernales sin encender los focos del estadio.
Ya he dicho que la materia sentimental del fútbol es muy flexible y que, además, sus repercusiones éticas no son tan graves como los asuntos superiores de la vida. Eso hace que las líneas del campo nunca estén fijas, que no vea con facilidad el penalti cometido por mi equipo y que parezcan siempre en fuera de juego los delanteros contrarios cuando reciben el balón. Este deporte es grande, y atrae a la gente, y se convierte en un fenómeno masivo del que no pueden desentenderse los intelectuales que quieran comprender la sociedad, porque no se parece en nada al tiro con arco, esa competición que miran los insomnes en los desvelos de sus noches olímpicas. La belleza, la inteligencia y el talento se mezclan con la pasión, y la pasión es poco imparcial. Con la autoridad de los años, quiero aconsejarle a Fernando que no se crea mucho esa historia de la dureza violenta de la que hablan los cronistas deportivos y algunos rivales derrotados al referirse a defensas como Aguirre Suárez y Fernández. Qué va, eran buenos futbolistas, sudamericanos con clase, que sabían poner orden en su área. Alguna entrada dura hay en todos los partidos?
Hasta el año 1993 acudí con mi padre, mis hermanos y algún amigo (el futbolero más fiel era el poeta Antonio Jiménez Millán) al viejo Los Cármenes. Alcanzó a venir con nosotros mi hija mayor Irene. Recuerdo que un día, en un partido de Segunda B, ya en los tiempos de Lina, Chori, Luismi y Merayo, mi padre se enfadó mucho con el árbitro. Entonces tomó en brazos a su nieta y le pidió que llamase merluzo al colegiado. El abuelo siempre ha sido un señor fino, de Burgos, oficial del ejército, con buenos modales y eses muy bien pronunciadas. Mi hija, que debería tener poco más de dos años, levantó la mano en tono acusatorio y gritó hijo de? Sentí vergüenza del ejemplo que yo le estaba dando. Pero es que el fútbol no es una competición de tiro con arco. Además, la mesura poética de mis libros, poco amigos de las rupturas y las estridencias, le ha ofrecido a Irene otro tipo de ejemplos más calmados.
El cambio de estadio en 1994 coincidió con mi traslado a Madrid. He frecuentado menos las gradas del Nuevo Estadio de Los Cármenes. Muchos fines de semana he perseguido los resultados del Granada desde la lejanía, a través del teléfono, la radio o Internet. Cuando el equipo se hundió en el pozo sin fondo de la Tercera División, costaba trabajo encontrar referencias en la prensa deportiva. Desde hace unos años, la amistad con Fernando se ha convertido para mí en una verdadera alianza granadinista. A mi admiración por su poesía, profunda, clara y estilizada como los mejores manantiales de la lírica, se une la gratitud con la que recibo sus mensajes, comunicándome minuto y resultado desde cualquier campo.
La pasión empapada de triunfo o tragedia con la que me llena la pantalla del teléfono móvil es la misma que desprende cada línea de este libro. Se trata de un libro exagerado, pero mucho más discreto que la realidad. Si un hombre se hubiese acercado a nosotros hace poco años, cuando nos jugábamos contra el Guadalajara la salida de Tercera División, para decirnos que el Granada iba a ser un equipo de Primera en la temporada 2011/2012, muy posiblemente le hubiésemos aplaudido alegres, pero sin convicción y en broma. Y sin embargo?

Luis García Montero

Prólogo por Luis García Montero
Introducción
La magia y lo imposible
El nuevo estadio
El tiempo detenido (crónica de un día sin futuro)
Los filipinos
La épica
«Ya no vengo más»
¿Te imaginas qué?
El lanzador de piedras
Epílogo
Dos historias americanas
Fútbol y poesía por Alí Calderón
Fútbol en San Salvador por Jorge Galán
Anexo I (Plantillas del Granada Club de Fútbol 1988-2010)
Anexo II (Listado oficial de participantes en la campaña «Yo también me sumo»)
Álbum fotográfico

Colección
OBRAS GRANADINAS
Materia
GRANADA
Idioma
  • Castellano
EAN
9788498368727
ISBN
978-84-9836-872-7
Depósito legal
GR. 3333/2011
Páginas
208
Ancho
13 cm
Alto
21,5 cm
Edición
1
Fecha publicación
12-09-2011
Tapa blanda
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