Hay tantísimas fronteras
que dividen a la gente,
pero por cada frontera
existe también un puente.
Llorona de la alborada,
corazón y manos fuertes,
trabajando en las fronteras
en la construcción de puentes.
Gina Valdés (1981: 4 y 80)
Me encantan los espacios fronterizos, las narrativas y los personajes de frontera, de modo que agradezco la oportunidad de leer el monográfico de María López Ponz y que se me brinde la ocasión para escribirle un pequeño prólogo.
En Llanto, la mexicana Carmen Boullosa (1992) plantea una novela que pretende narrar a partir del silencio de Moctezuma, un personaje fronterizo, para contar su historia, fragmentada, vapuleada, que tantos han escrito. Muchos, menos él. En la novela, simbólicamente, Moctezuma llora porque no logra recordar su final, sino todas las versiones que han circulado acerca del mismo. Moctezuma es un silencio histórico que trata de hablar, y la tarea se torna desgarradora, utópica, imposible. «Él no tendría una historia propia sino todas aquellas que necesitáramos imponerle» (Boullosa, 1992: 107). Pero él, Moctezuma, se resiste a lo inevitable, y trata de hablar, trata de entender.
Menciono esta novela y a este personaje de la historia mexicana porque considero que representa la necesidad humana de expresar la propia versión de la existencia, la resistencia a ser narrado, a ser (re)creado sin tener al menos la opción de plantear la propia voz, aunque ésta sea una más. Al tiempo, la menciono porque la recordé de inmediato al comenzar a leer este libro de María López Ponz sobre literatura chicana y traducción, donde, desde el inicio, la autora hace bien en contextualizar el surgimiento de la literatura chicana en la doble colonización, incluso double rape, que ha experimentado México desde hace cinco siglos. Primero, la colonización española y la caída del imperio azteca, después, la colonización estadounidense en el marco de un sistema capitalista y globalizado en el que, como casi siempre, unos aprietan a otros, levantando muros desde la hipocresía y la desmemoria. Haciendo la vista gorda ante la llegada de inmigrantes que sí precisan como mano de obra, pero a quienes sistemáticamente se les niegan los derechos civiles. Una vez en Estados Unidos, aún sin papeles, pueden trabajar, pero no tienen derechos sociales, porque, oficialmente, no son parte de la ciudadanía. Hipocresía. Desmemoria en un país que se creó desde y con la inmigración, el trabajo y la energía de gente llegada de todas partes.
De alguna manera, el personaje de Moctezuma en la novela de Boullosa que antes mencionaba viene a recordar el impulso inicial del movimiento chicano y la corriente artística que de él se deriva, desde los años sesenta del siglo XX, y especialmente desde el auge de la narrativa de mujeres chicanas a partir de los años ochenta, tras la estela del feminismo de la diferencia y los movimientos feministas que en esta línea se desarrollaron en Estados Unidos a partir de los años sesenta: resistirse a la (re)creación que de uno o una misma hacen los demás. Reivindicar la voz propia, para unirla a la polifonía, pero no dejarla en el silencio. Reivindicar la existencia, desde la frontera. Compleja pero viva, en pie.
Reflexionar sobre la literatura chicana desde la traducción es particularmente jugoso y dúctil, en el panorama actual de los estudios de traducción de literaturas híbridas, surgidas de diversos encuentros o experiencias interculturales en diferentes contextos. Por este motivo, el trabajo que nos presenta María López Ponz es oportuno y resulta una contribución de interés para debatir sobre esta traducción de narrativas híbridas, cada vez más necesaria. Pues la autora aborda, de manera sucinta e interdisciplinaria, los aspectos claves para aderezar este debate, como son la interrelación compleja entre lenguaje e identidad, la relevancia de la frontera, como concepto y espacio, la recreación y negociación intercultural que supone la traducción de este tipo de literatura, y las posibles vías prácticas para llevarla a cabo, sin olvidar que abrir la traducción a la práctica híbrida es «en sí misma una enseñanza que puede iluminar a toda la profesión en general. Además de una enseñanza, es una exigencia y un reto en toda regla. No en vano, en la traducción está en juego la identidad del Otro, su propio reconocimiento» (Martín Ruano, 2007: 129).
La lectura de este monográfico me lleva a remitir especialmente al concepto de transculturación (Ortiz, 1940; Rama 1982), que enfatiza la supervivencia de lo autóctono o lo propio, que logra abrirse paso y persistir en los canales de la modernización, sin negarla. La transculturación alude al proceso mediante el cual el contacto entre culturas produce modificaciones en una o ambas sociedades o identidades puestas en contacto y elabora una respuesta creadora, una fuerza creativa en la transitividad entre culturas, aún cuando éstas se encuentran en posiciones disímiles de poder.
No olvidemos, con todo, que en la reflexión de los estudios culturales, son varias las teorizaciones y conceptualizaciones críticas que han surgido a lo largo del siglo XX, desde lugares, posicionamientos e intereses diversos, para dar cuenta de las interacciones interculturales, encuentros que siempre aluden, también, a un desequilibrio de poder. Salvando las distancias y diferencias entre ellas, de algún modo en esta línea podría situarse el desarrollo de los conceptos de «antropofagia» (Oswald de Andrade), «transculturación» (Fernando Ortiz, Ángel Rama), «calibanización» (Roberto Fernández Retamar), «heterogeneidad» (Antonio Cornejo-Polar), «hibridez» (Néstor García Canclini), «borderland/frontera» (Gloria Anzaldúa), «life on the hyphen» (Gustavo Pérez Firmat), «the contact zone» (Mary Louise Pratt) y «third space» (Homi K. Bhabha), entre otros.
La literatura y la traducción de literatura chicana son, sin duda, un suculento caso de transculturación o de cualquiera de los otros conceptos-metáfora intersticiales que acabo de mencionar. Más de quinientos años después de la colonización de México y tras casi doscientos años desde la firma del Tratado de Guadalupe-Hidalgo, la literatura chicana es exponente de una fractura sin cura, de la existencia de fronteras que siguen delimitando y excluyendo, pero también de la energía positiva y las historias de supervivencia de quienes viven y crean in between, desplegando una rica complejidad de matices. Pues las fronteras demarcan, pero también posibilitan.
Las autoras chicanas, lloronas de la alborada, corazón y manos fuertes, añaden la variable de género a la cocción transcultural de la que hablamos. Las chicanas plasman ese estado intersticial en su lenguaje, además de en las temáticas, los argumentos y la fragmentariedad narrativa que tienden a emplear. Querellantes y vitalistas, las chicanas reclaman la posibilidad de asumir roles distintos de los que les marca la cultura mexicana tradicionalmente patriarcal, sin sentirse tampoco plenamente identificadas con los roles de género de la sociedad estadounidense. Se resisten, desde su lugar propio, y plantean una inmensa riqueza discursiva, sin ambages ni miedos a la experimentación, desde su parcial apropiación del lenguaje y los modos del colonizador, «porque se niegan a estar de un lado o del otro, prefiriendo lo que Julia Kristeva (1998/2000: 19, 24) llama ‘el retorno retrospectivo’, es decir, el cuestionamiento consciente de uno mismo y de su verdad, el pensamiento como búsqueda, la apertura de la vida psíquica al riesgo de infinitas re-creaciones» (Vidal, 2008: 89).
Como constata María López Ponz, el proceso de hibridación, transculturación, supone un encuentro complejo en el que las culturas en contacto se adaptan y se ajustan a nuevas situaciones, al tiempo que adquieren nuevos matices, que surgen del encuentro. De ese modo, cuando vivir y escribir desde la frontera es traducir, traducir la transculturación también, en coherencia, asume un estado fronterizo que puede ser vertiginoso, pero muy gratificante. La cuestión es… ¿cómo traducir la transculturación?
López Ponz acierta al advertir acerca de los peligros de la domesticación y del exotismo, puesto que ninguno de los dos extremos es capaz de reflejar la intersección constante de los textos híbridos. Cabe apostar, más bien, por una traducción mediadora, fronteriza, interseccional, por usar un sugerente concepto de Brufau (2009). Es decir, una traducción que tenga en cuenta, caso a caso, la multiplicidad de matices en juego, de ejes y dimensiones que se entrelazan en estas narrativas, desde la encrucijada que suponen y plantean todas ellas.
Pues las narrativas de transculturación son el abrazo difícil, pero posible, entre la tradición y la innovación, la identidad y la alteridad que siempre nos complementa. En este sentido, el también autor transcultural Amin Maalouf (1998) opina que el porvenir reside en los seres de frontera, que, por no estar ligados a exclusividades, tienen la posibilidad de ejercer de conexión y enlace entre culturas. La mirada de los autores de la transculturación, como las chicanas, se postula contra el esencialismo en la concepción identitaria, contra la estrechez, el simplismo, desde la asunción de que los seres humanos poseemos una identidad compuesta (Maalouf, 1998: 32), que es la suma de todas nuestras querencias y pertenencias, sin olvidar que «es nuestra mirada la que muchas veces encierra a los demás en sus pertenencias más limitadas, y es también nuestra mirada la que puede liberarlos» (Maalouf, 1998: 33).
López Ponz ejemplifica muy bien sus reflexiones en un último capítulo en el que apuesta por una border translation, analizando algunas traducciones de literatura híbrida al castellano, seleccionando casos en los que, de hecho, se han producido dos versiones en nuestro idioma, una de corte domesticante, y otra, más mediadora, realizada por traductoras conocedoras de las especificidades de estas literaturas y los contextos de los que derivan. Concretamente, el texto se detiene en Woman Hollering Creek y The House on Mango Street, de Sandra Cisneros, y How the Garcia Girls Lost Their Accents y How Tia Lola Came to (Visit) Stay, de Julia Álvarez. Un acierto que evidencia los peligros y limitaciones de la domesticación, frente a la complicidad de una traducción transcultural.
La autora también menciona sucintamente el papel del editor como agente implicado en las decisiones traductoras, muestra de hasta qué punto las políticas editoriales pueden afectar en la praxis de la traducción contemporánea. En ese pulso, quienes traducimos hemos de negociar sin miedo, exponer nuestro proyecto, nuestros porqués. Evidenciar que, para muchos de nosotros, la traducción es nuestra forma de ser y estar en el mundo, que no somos meros transmisores de palabras, que nuestra ética está (tiene que estar) por encima de presiones que desenfocan la esencia de nuestra tarea: hacer posible la transmisión de creaciones que se han elaborado, la mayor parte de las veces, desde el corazón y las entrañas. Eso merece un compromiso, una responsabilidad.
La experiencia de las autoras chicanas es excepcional, pero no están solas en su existencia liminar y fronteriza. Desde otros espacios, otras problemáticas y otras reelaboraciones discursivas, las acompañan autoras transculturales de diversas procedencias. Una de ellas, la senegalesa Fatou Diome, resume del siguiente modo la complejidad agridulce de esa experiencia:
Busco mi país allí donde se aprecia al ser complejo, sin disociar sus múltiples estratos. Busco mi país allí donde se desvanece la fragmentación que define la identidad. Busco mi país allí donde los brazos del Atlántico se fusionan para producir la tinta malva que habla de la incandescencia y la dulzura, la quemazón de existir y la alegría de vivir (Diome, 2003: 270-271).
Quemazón y alegría, que hace que autoras como ellas sientan el día a día de estar gozosa y dolorosamente vivas.
REFERENCIAS
BOULLOSA, Carmen (1992) Llanto. Novelas imposibles. México: Era.
BRUFAU, Nuria (2009) Traducción y género: propuestas para nuevas éticas de la traducción en la era del feminismo transnacional. Tesis Doctoral. Salamanca: Universidad de Salamanca.
DIOME, Fatou (2003) En un lugar del Atlántico. Manuel Serrat Crespo (trad.) Barcelona: Lumen, 2004.
KRISTEVA, Julia (1998). El porvenir de una revuelta. Lluís Miralles (trad.) Barcelona: Seix Barral, 2000.
MAALOUF, Amin (1998) Identidades asesinas. Fernando Villaverde (trad.) Madrid: Alianza, 1999.
MARTÍN RUANO, M. Rosario (2007) «Reflexiones metateóricas en torno al trasvase de paremias: Aportaciones críticas a partir de la literatura y la traducción híbridas», en Ruiz, Guadalupe y Valderrey, Cristina (eds.) Traducción y culturas. La paremia. Málaga: Encasa, págs. 115-130.
ORTIZ, Fernando (1940) Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar. Bronislaw Malinowski (prólogo). Barcelona: Ariel, 1973.
RAMA, Ángel (1982) Transculturación narrativa en América Latina. México: Siglo Veintiuno, 1987, 3.ª ed.
VALDÉS, Gina (1981) Puentes y fronteras/Bridges and borders. Katherine King y Gina Valdés (trad.) Temple/Arizona: Bilingual Press/Editorial Bilingüe, 1996.
VIDAL CLARAMONTE, M. Carmen África (2008) «Que no nos arranquen la lengua». Monográfico «Traducción, género y poscolonialismo», Patricia Calefato y Pilar Godayol (coords.). Revista deSignis, núm. 12, págs. 85-92.